Sobre mudanzas y hurtos

La lectura es una afición inconveniente a la hora de mudarse, la constante y terca acumulación de libros, obstinada manía del lector, convierte a las mudanzas en verdaderas odiseas, sobre todo para los fustigados mudanceros que resoplan como dignos pípilas, cargando la preciada y pesada carga. Los volúmenes que esas cajas contienen guardan para su dueño, en  grados distintos, un afecto que sólo los que amamos los libros podemos entender. Aquellos libros cuya estima es mayor serán guardados de inmediato, y claro, cuidadosamente ordenados en la caja más resistente de entre todas las que se han designado para el propósito de transportarlos.
Esta breve reflexión es resultado de mis persistentes cambios de casa desde que llegué a la Ciudad de México, cuatro cambios en menos de dos años hablan de mi inestabilidad.
En esa tarea fascinante de elaborar una biblioteca personal los libros que más apreciamos son aquellos escritos por los autores que más admiramos, esto es sin duda una obvidad, pero a esta comparación aparentemente cuantitativa hay que sumarle las condiciones en que fueron descubiertos dichos ejemplares, en mi caso valoro más aquellos libros encontrados en librerías de saldos o librerías de viejo. Son estos descubrimientos azarosos los que despiertan en mí el más entrañable cariño, tal vez sea ese carácter frugal del hallazgo casi arqueológico. También tendría que ver algo más básico, lo accesible de su precio, o  por qué no, lo improbable y complicado del hallazgo –pensemos en un hallazgo perpetuado al revisar un montón de volúmenes en completo desorden colocados en mesa de supermercado.
Pero hay otra condición que a mí me mueve a tener un especial al cariño por algunos ejemplares, y es la manera de obtenerlos de manera ilegal mediante el hurto.
Así es, aquellos libros que más aprecio de mi colección son aquellos libros hijos de la rapacidad juvenil. No está de más confesar que a estas alturas del partido sería incapaz de tal práctica , ya sea que por que la edad aumenta el miedo o por falta de condición física para escapar corriendo de algún policía o guardia de seguridad.
Ahora recuerdo que la primera novela de Bukowski que leí, La senda del perdedor,  fue resultado de dicha actividad, además de que con ella se inauguraba mi actividad criminal. Los textos sobre poética de Vicente Huidobro no fueron resultado propiamente de un hurto, fue más bien un acto de liberación, ya que a este ejemplar lo sustraje de una biblioteca pública antes de que lo marcaran y lo etiquetaran como aun prisionero.
Otro logro ponderable fue el hurto de un libro de Höllderlin el cual ya no conservo, algún otro que compartía aquellas antiguas mañas mías lo tomó sin que hasta la fecha lo haya descubierto quien fue. Recuerdo otro libro que por título tiene Trancapalanca y cuya dedicatoria era dirigida a los ladrones de libros, Élmer Mendoza, autor del aludido me lo dedicaría con particular satisfacción al escuchar la forma en que dicho ejemplar fue conseguido.
Así podría enumerar varios casos como estos ¿Será que el riesgo nos hace valorar más estos libros, así como algunos se entregan con mayor energía a los amores clandestinos?
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