Los poetas en el supermercado

Recuerdo que empecé a leer y a escribir poesía por envidia, envidia que le tenía a dos de mis compañeros de prepa que se sabían de memoria poemas de Neruda y Lorca. No pasaba que con esto obtuvieran los favores de las mujeres, no, pero era algo que a mí me causó una profunda desazón, como si una ola de sensaciones que sólo había experimentado con alguns buenas rolas, me atropellara, me partiera la madre. Así empecé a enredarme en la literartura y para cuando a mis amigos les dio por la pintura y la economía yo me había quedado definitivamente ahí. Así vinieron los talleres, los estudios de letras, un viaje a la ciudad de México resultado de una beca, pero no me sentía satisfecho, creía que no había sucedido algo que determinara definitivamente mi vocación y mi camino, que no había acontecido ninguna señal que me marcara con su epifanía y me convenciera de una vez por todos que el camino que había tomaba era el indicado.

La señal vino con un encuentro extraño en un supermercado. Mientras caminaba entre verduras y legumbres, alguien me arrebató el último repollo más o menos bueno que quedaba, al mirar la cara del gandalla advertí que se trataba del poeta F. H., poeta que desde algunos años admiraba por su estética de los terrible, su desdoblamiento en otras voces que se deslindaban magistralmente del típico y recurrente yo poético. Sin perder oportunidad le hablé derecho, me presenté con él y con esa franqueza  le confesé indiscretamente que yo también escribía poemas, advirtió que con el nombre que tengo no sería nada difícil firmar algún libro de versos, después y antes de despedirme le externé que me parecía revelador así como improbable ver a un poeta de su talla comprando en un supermercado, así me alejé con carrito y mi despensa.

Minutos después, muy cerca de la caja registradora, me volvía topar con él y con su voz de costeño, que a pesar de tener años viviendo aquí, no ha perdido del todo. Así me dijo: Mijail ¿No qué los poetas no vienen al super? En eso veo que velozmente pasa la figura de un hombre mayor repleto de canas, de postura férrea y paso firme, acompañado de una nebulosa mujer que a su lado que empujaba el carro repleto de víveres. Ese hombre maduro era don A. Ch.

Entonces pude percatarme que mi destino estaba marcado, entre verduras y latas de comestibles estaba la señal que yo pedía, tres generaciones de poetas eran reunidos por el azar, en ese lugar donde no detentaban nada más que sus pura y elemental condición humana.

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