Un género que revive

por Mijail Lamas

El bosque en la ciudad
Héctor Manjarrez
México, Era-Conaculta, 2007, 314 p.
ISBN 978-968-411-689-4

Mientras que en 1976 Steiner declaraba que de los géneros que registran de manera más común el habla interior de un individuo sólo quedaba “la más vaga de las nociones”, la bitácora virtual o blog ha traído de vuelta esta manera de escritura, un tanto más desordenada, es verdad, pero mucho más prolija y dinámica, sobre todo en relación con los elementos no verbales: foto, video, sonido, que acompañan las peripecias de los escritores del blog y hasta ayudan a aminorar, no siempre, algunas inconsistencias literarias.
Lo que irremediablemente se ha perdido es la intimidad, si tomamos en cuenta que los diarios personales siempre han visto la luz de manera póstuma y los blogs representan una manera más de exhibicionismo. Esta falta de intimidad, de mundo interior, que también señala Steiner, es la que impera: “¿Qué palabras, qué giros de una frase no pueden usarse hoy en día, o en el escenario, o en letra impresa?”
En este escenario de striptease sentimental se presenta El bosque en la ciudad de Héctor Manjarrez: libro por demás inusual en el escenario de nuestras letras, donde aún prevalece el pudor de los maduros y serios escritores. Como ejemplo estaría Salvador Elizondo, quien dejó prohibida la publicación de sus diarios hasta que transcurran 25 años de su muerte.
Es Manjarrez, sin duda, un escritor maduro y serio que ha decidido dejar de lado este pudor para compartir una parte de su intimidad. Su libro es una bitácora y un cuaderno de notas de las caminatas que emprendiera por el parque de Tlalpan y otros bosques extranjeros. El volumen se revela de una impecable factura; su lenguaje es sencillo y con él se hallan hilvanados pasajes salpicados de no poca banalidad, de mucho humor, donde por momentos la naturaleza es la protagonista, como si Manjarrez quisiera atender a la consigna de Emerson que apunta que “los objetos de la naturaleza nos hacen una impresión familiar cuando la inteligencia se abre a su influjo”. En sus páginas se mezclan pasajes de breve y brillante reflexión literaria, atisbos ensayísticos, así como anécdotas que vienen a la memoria del andante y que son provocadas por lo ocurrido durante los paseos. No falta la obligada referencia a William Hazlitt, ensayista inglés que escribió: “No se puede leer el libro de la naturaleza sin encontrar perpetuamente la dificultad de traducirlo para beneficio de otros”. A lo largo de su libro, Manjarrez logra interpretar esos paisajes y sale muy bien librado la mayoría de las veces.
“Como proyecto, El bosque en la ciudad siempre tuvo cuatro propósitos conscientes: 1] incitarme a ejercitar el cuerpo de manera la más regular posible en el Bosque de Zacayucan, mejor conocido como Bosque de Tlalpan; 2] obligarme, con la meta de ejercitar la mano, a escribir notas durante la visita al bosque y, sobre todo transcribirlas en una libreta […]en los minutos u horas inmediatamente posteriores a dicha visita; 3] por ningún motivo releerlas, y 4] finalmente, abordar el tema de la naturaleza como telón de fondo para suscitar anotaciones espontáneas que el cuento y el ensayo encorsetarían demasiado rápidamente.” Creo que se cumplen tres de los cometidos señalados arriba, ya que no creo que haya respetado el inciso 3] para la publicación de este libro.
Hay en estas páginas algunos momentos memorables, como aquél en que el autor recuerda el mandato de terror ejercido por el Negro Durazo; otro donde refiere las circunstancias alrededor de una de las tantas visitas del papa Juan Pablo II a México, y otro más, un pasaje divertidísimo de su preadolescencia en Yugoslavia, en la cual se le revela su destino como escritor y se le estrena en los varoniles conocimientos de la carne. Es también divertida la relación que el autor de este diario entabla con un árbol del bosque de Tlalpan —otra vez Emerson: “La mayor alegría que proporcionan los campos y los bosques es que sugieren una relación oculta entre el hombre y el vegetal”. En las páginas de El bosque en la ciudad esta aseveración queda más que ratificada—.
Aquí también se hace presente un filón un tanto reduccionista; la descripción de los personajes que visitan el bosque es por demás somera y clasista, sobre todo tratándose de un simpatizante de la izquierda que, sin embargo, y como declara en alguno de sus pasajes, votó por Vicente Fox en la elección del 2000, tan aparentemente lejana y fatídica. También podemos observar esta visión un tanto parcial de las cosas en el pasaje 71 de la segunda parte. Ahí la analogía que Manjarrez elabora entre lo que él llama la insípida comida del norte y lo poco coquetas —¿o aderezadas?— que resultan sus mujeres, hace pensar que nuestro escritor no ha conocido íntimamente ni la comida ni las mujeres del norte. Reduccionista sería también establecer a Monterrey como paradigma absoluto y categórico de esta región. Esta manera obtusa de mirar la provincia vuelve a ciertos capitalinos mucho más provincianos, lo que no ocurre, claro, cuando el autor se refiere a Nueva Orleáns o Inglaterra.
Al final de esta lectura, rica en matices, me quedo con la sensación de que lo pude haber leído en otra parte, de que tal vez en un blog sería sin duda un éxito. No dudo que lo sea en las librerías, pues Héctor Manjarrez tiene un prestigio merecido; sin embargo, el rescate de esta escritura tan cotidiana y dispersa, así como inconstante y banal, prevalece mucho más viva en el blog, donde continuará existiendo no sabemos hasta cuándo. Respecto de los grados de exhibicionismo que puede alcanzar este género, resulta relativo en los dos espacios: en el blog la cantidad inabarcable y la calidad dispareja puede volver desdeñables los contenidos; en el caso del libro la falta de lectores plantea otro problema: sólo puede llegar a la gran minoría.

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