SÓLO LA MITAD DEL DÍA

Es la una de la tarde y ésta ya ha sido la primera mitad de un 15 de septiembre muy entretenido. Como Lucía sí trabajó me ha levantado muy temprano a corretear al del gaaaaaaaaaaaassss. Después de correteado, encontrado e instalado (me refiero al cilindro) me puse a hacer los proyectos del programa anual de 1er grado de secundaria, y tú te preguntarás ¿en dónde está lo entretenido? Bueno, como este tipo de actividad me frustra un chingo, decidí dejarlo trunco y salir andar en la bici. Recordé que por uno de los carriles de Paseo de la Reforma harían un largo grabado (1000 metros según los organizadores) en el que participan no sólo artistas plásticos sino que también escritores. Al llegar rápidamente al Ángel de la Independencia – el tráfico estba leve- por toda la calle de Monterrey que baja desde la altura del viaducto y llega hasta Reforma -tal vez a esta altura cambie de nombre, no lo sé- ya estaban ahí el equipo que se encargaría de llevar a cabo tan interesante proyecto. El grabado se seguía raudo y multiforme por Reforma hasta Chapultepec, por ahí reconocí algunos textos de amigos como un poema de Eduardo Langagne, otro de Mario Bojórquez y uno más de Jorge Fernández Granados.
Después de circular por este bello paseo y de admirar las alucinantes esculturas de Leonora Carrignton instaladas en el cammellón, decidí desayunarme unos huevos estrellados con tocino –un anacrónico desayuno de campeones- en el Gabys (Liverpool y Nápoles). El Gabys es uno de los cafés más tradicionales de la ciudad de México, en la mañana siempre está lleno de muy variada gente: oficinistas, maestros, becarios y exbecarios de la fundación, turistas de todas partes del mundo, un grupo de mujeres españolas que todos los días arman un relajo con sus gritos, en fin. En el Gabys no hay música y no hay televisor, eso lo hace un excelente lugar para leer, si además de eso le agregamos que las sillas son un tanto duras e incomodas, el nivel de concentración que se puede alcanzar es verdaderamente alto. Ya con el estomago lleno y el alma apaciguada, tomé mi velocípedo con rumbo a la Roma para pasear por la Álvaro Obregón, esa calle que tantas veces ha de ver recorrido Ramón López Velarde enfundado en su traje oscuro y tal con la melodía persistente de alguno de sus poemas rondándole. Y de pronto en el camellón de fuentes y estatuas del diecinueve y principios del veinte, unos libreros de viejo y nuevo ofreciendo su mercancía prodigiosa y yo con tan poco dinero. Tuve suerte, en uno de los puestos tenían libros de la editorial Verdehalago al muy módico precio de $10. Me compré La distancia y el tiempo (1967-2001) del poeta cubano Waldo Leyva, libro al que ya le traía muchas ganas. Y así, con los ojos llenos de la maravilla que ofrece esta ciudad en los días de asueto y la epifanía de un buen libro de poemas, me regresé a la casa a escribir estas líneas. El día va caminando y le falta un buen tramo para terminar, esperemos que la noche nos depare algo bueno. Hay una promesa de pozole, cerveza y amigos con su plática para más tarde. Salud.

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