Un poema de Rubén Bonifaz Nuño

Rubén Bonifaz Nuño es uno de los poetas vivos más importantes de la lengua Española, pero poco conocido fuera de México, como es el caso de otros poetas mexicanos como Eduardo Lizalde, Alí Chumacero, Francisco Cervantes y un largo etcétera. Sin embargo, generaciones más o menos nuevas de lectores mexicanos leemos sus poemas convencidos que en la obra del poeta nacido en Córdoba, Veracruz, es una de las más espléndidas manifestaciones del arte de la poesía. El siguiente poema pertenece a su ya clásico libro Los demonios y los días editado hace ya más de medio siglo. Éste es un libro con un fuerte contenido social, pero que se expresa desde la individualidad de un yo peculiarísimo. Es por medio de esa voz que se nos muestra la más preclara imagen de la naturaleza humana, sus pocas alegrías y sus muchas miserias; la voz que quiere, por medio de la poesía, mostrar su fraternidad ante un muro de soledades que erigen la ciudad, ese cubil de sombríos personajes. En este poema se da un desplazamiento del acontecimiento enunciado al sujeto de la enunciación lírica. El individuo que habla termina como la mosca con la frente reclinada contra el cristal de la ventana, demostrando que a veces en nuestra terca ceguera, la vida nos impacta frente a un cristal de incertidumbres que somos incapaces de notar. La construcción melódica también resulta interesante, producto de la búsqueda formal que es reflejo del conocimiento que Bonifáz Nuño tiene de los esquemas métricos grecolatinos; la acentuación en la quinta sílaba como eje rítmico, habla de una búsqueda que experimental desde las coordenadas de las formas del verso de acentuación prosódica.

Por Rubén Bonifaz Nuño

Qué fácil sería para esta mosca,
con cinco centímetros de vuelo
razonable, hallar la salida.
Pude percibirla hace tiempo,
cuando me distrajo el zumbido
de su vuelo torpe.


Desde aquel momento la miro,
y no hace otra cosa que achatarse
los ojos, con todo su peso,
contra el vidrio duro que no comprende.


En vano le abrí la ventana
y traté de guiarla con la mano:
no lo sabe, sigue combatiendo
contra el aire inmóvil, intraspasable.


Casi con placer, he sentido
que me voy muriendo; que mis asuntos
no marchan muy bien, pero marchan;
y que al fin y al cabo han de olvidarse.


Pero luego quise salir de todo,
salirme de todo, ver, conocerme,
y nada he podido; y he puesto
la frente en el vidrio de mi ventana.

Los demonios y los días, 1956

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