OS CICLISTAS

LOS CICLISTAS
de Papiniano Carlos

A Vasco de Magalhães-Vilhena

Con un sordo rumor de excavadora
resuena en el subsuelo tu voz.
Muchos se tapan los oídos delicados
otros se esconden para no oír,
y otros se estremecen de pavor.
Pero, rápidos, los ciclistas pedalean
en la bruma de los suburbios, a tu encuentro.
Rostro bajo, manos en el manubrio, pies
bien firmes en los pedales, generan
el movimiento, el ritmo alado
de las máquinas frágiles que cabalgan
al amanecer. Pasan como espectros
sobre la bruma y se juntan, confluyen,
avanzan como un río poderoso
sobre la ciudad adormecida.
Los ciclistas. Los que levantan los andamios
y hacen girar los telares.
Los que mueven las grúas. Los que transportan
la dinamita en las manos callosas.
Los que no saben envejecer de tedio
en la mesa del café ni viven de comerciar
preservativos, palabras, alas prefabricadas.
Los que no sueñan morir en la gloria
como jóvenes dioses traspasados en la batalla.
Los que no han de podrirse, como muchos de nosotros
roídos por la lepra y la desesperación.
Ellos bien merecen tu voz, Orfeo.

Traducción de Mijail Lamas

OS CICLISTAS

A Vasco de Magalhães-Vilhena

Com um surdo rumor de escavadora
ressoa no subsolo a tua voz.
Muitos tapam os ouvidos delicados.
Outros escondem-se para não ouvir.
E outros estremecem de pavor.
Mas, rápidos, os ciclistas pedalam
na bruma dos subúrbios ao teu encontro.
Rosto baixo, mãos no guiador, pés
bem firmes nos pedais, geram
o movimento, o ritmo alado
das máquinas frágeis que cavalgam
ao amanhecer. Perpassam como espectros
sob a bruma e juntam-se, confluem,
avançam como um rio poderoso
sobre a cidade adormecida.
Os ciclistas. Os que erguem os andaimes
e fazem girar os fusos dos teares.
Os que movem as gruas. Os que transportam
o dinamite nas mãos calosas.
Os que não sabem envelhecer de tédio
à mesa do café nem vivem de mercadejar
preservativos, palavras, casas pré-fabricadas.
Os que não sonham morrer em glória
como jovens deuses trespassados na batalha.
Os que não hão-de apodrecer, como muitos
de nós, roídos de lepra e desespero.
Esses merecem bem a tua voz, Orfeu.

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