EU FALO DAS CASAS E DOS HOMENS

de Adolfo Casais Monteiro

 
Eu falo das casas e dos homens,
dos vivos e dos mortos:
do que passa e não volta nunca mais.. .
Não me venham dizer que estava materialmente
previsto,
ah, não me venham com teorias!
Eu vejo a desolação e a fome,
as angústias sem nome,
os pavores marcados para sempre nas faces trágicas
das vítimas.
 
E sei que vejo, sei que imagino apenas uma ínfima,
uma insignificante parcela da tragédia.
Eu, se visse, não acreditava.
Se visse, dava em louco ou em profeta,
dava em chefe de bandidos, em salteador de estrada,
– mas não acreditava!
 
Olho os homens, as casas e os bichos.
Olho num pasmo sem limites,
e fico sem palavras,
na dor de serem homens que fizeram tudo isto:
esta pasta ensanguentada a que reduziram a terra inteira,
esta lama de sangue e alma,
de coisa a ser,
e pergunto numa angústia se ainda haverá alguma esperança,
se o ódio sequer servirá para alguma coisa…
 
Deixai-me chorar – e chorai!
As lágrimas lavarão ao menos a vergonha de estarmos vivos,
de termos sancionado com o nosso silêncio o crime feito instituição,
e enquanto chorarmos talvez julguemos nosso o drama,
por momentos será nosso um pouco do sofrimento alheio,
por um segundo seremos os mortos e os torturados,
os aleijados para toda a vida, os loucos e os encarcerados,
seremos a terra podre de tanto cadáver,
seremos o sangue das árvores,
o ventre doloroso das casas saqueadas,
sim, por um momento seremos a dor de tudo isto. . .
 
Eu não sei porque me caem as lágrimas,
porque tremo e que arrepio corre dentro de mim,
eu que não tenho parentes nem amigos na guerra,
eu que sou estrangeiro diante de tudo isto,
eu que estou na minha casa sossegada,
eu que não tenho guerra à porta,
– eu porque tremo e soluço?
Quem chora em mim, dizei – quem chora em nós?
 
Tudo aqui vai como um rio farto de conhecer os seus meandros:
as ruas são ruas com gente e automóveis,
não há sereias a gritar pavores irreprimíveis,
e a miséria é a mesma miséria que já havia…
E se tudo é igual aos dias antigos,
apesar da Europa à nossa volta, exangüe e mártir,
eu pergunto se não estaremos a sonhar que somos gente,
sem irmãos nem consciência, aqui enterrados vivos,
sem nada senão lágrimas que vêm tarde, e uma noite à volta,
uma noite em que nunca chega o alvor da madrugada…
 
 
 
 
YO HABLO DE LAS CASAS Y DE LOS HOMBRE
 
Yo hablo de las casas y los hombres,
de los vivos y de los muertos:
de lo que pasa y no vuelve nunca más…
No me vengan a decir que estaba materialmente previsto,
¡ah, no me vengan con teorías!
Veo la desolación y el hambre,
la angustia sin nombre,
el espanto marcado para siempre en las caras trágicas
de las víctimas.
 
Y sé lo que veo, sé que apenas imagino una ínfima,
una insignificante parcela de la tragedia.
Yo, si lo viese, no lo creería.
¡Si lo viese, acabaría en loco o en profeta,
acabaría en jefe de bandidos, salteador callejero,
pero no lo creería!
 
Miro a los hombre, las casas y las bestias.
Miro en un pasmo sin límites
y quedo sin palabras,
en el dolor de que sean hombres los que hicieron todo esto:
esta pasta ensangrentada a la que redujeron la tierra entera,
este lodo de sangre y alma,
de cosa a ser,
y pregunto en esta angustia si aún habrá alguna esperanza,
si el odio siquiera servirá para algo…
 
¡Déjame llorar y llora!
Al menos las lágrimas lavarán la vergüenza de que estemos vivos,
de que hayamos sancionado con nuestro silencio el crimen hecho institución,
y en tanto lloramos tal vez juzguemos nuestro el drama,
por momentos será nuestro un poco de sufrimiento ajeno,
por un segundo seremos los muertos y torturados,
los mutilados para toda la vida, los locos y los encarcelados,
seremos la tierra podrida de tanto cadáver,
seremos la sangre de los árboles,
el vientre doloroso de las casas saqueadas,
sí, por un momento seremos el dolor de todo esto…
 
Yo no sé porque me brotan lágrimas,
porque tiemblo y un calosfrío corre dentro de mí,
yo que no tengo ni amigos ni parientes en la guerra,
yo que  soy extranjero frente a todo esto,
yo que estoy en mi casa tranquila,
yo que no tengo guerra a la puerta
¿Yo por qué tiemblo y sollozo?
Quien llora en mí dice: ¿Quién llora en nosotros?
Todo aquí va como un rio harto de conocer su cauce:
las calles son calles con gente y automóviles,
no hay sirenas al gritar espantos irreprimibles,
y la miseria es la misma miseria que ya había.
 
Y si todo es igual a los antiguos días,
a pesar de la Europa a nuestro regreso, exangüe y mártir,
me pregunto si no estaremos soñando que somos gente,
sin hermanos ni conciencia, aquí enterrados vivos,
sin nada sino lágrimas que vienen tarde, y en una noche de regreso,
una noche en que nunca llega el albor de la madrugada…
 
Traducción de Mijail Lamas
 
 
 
 
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