Algunas consideraciones sobre vanguardia ideológica y vanguardia literaria

La revista portuguesa Colóquio/Letras (de la Fundação Calouste Gulbenkian), en su n° 23 (enero/1975)#, se dio a la tarea de preguntar a diferentes escritores y pensadores ¿Qué pensaban de las relaciones entre los conceptos de “vanguardia ideológica” y “vanguardia literaria” a la luz de los acontecimientos actuales?
Los acontecimientos actuales a los que se refieren, ocurren en el contexto de la deposición del régimen dictatorial del llamado Estado Novo por un régimen democrático, producto de la Revolução dos Cravos. De las respuestas ofrecidas a Colóquio/Letras, elegí el texto realizado por el poeta brasileño Ferreira Gullar. Con una clara concisión, Ferreira desarrolla el tema de la realidad literaria de latinoamericana, la revolución como una necesidad histórica, la censura, así como la necesidad de no reducir las obras literarias a meras expresiones ideológicas. El texto sin duda tiene puntos que aún cabe discutir, sin embargo, da pie a cuestionarnos si ¿cabe reflexionar sobre nuestra posición como creadores artísticos frente a los acontecimientos de una realidad mundial todavía en crisis? En una realidad que vio fracasar el régimen socialista del que habla Gullar ¿es importante hacer una crítica al modelo capitalista que sigue vigente? ¿Vale la pena reflexionar hoy en día sobre esas, ahora antiguas, vanguardias, sobre todo cuando una crítica al fallido modo de producción capitalista, se reactiva, por necesaria, en cada nueva y periódica crisis económica? Personalmente creo que sí.

Ferreira Gullar
(Brasil):

La respuesta a esa cuestión envuelve un peligro que procuraré evitar: la simplificación. Mi experiencia de escritor que rompió, primero, con las formas tradicionales y después, con el “vanguardismo”, me enseñó que el encuentro de la literatura con la revolución es una necesidad histórica a la que cada escritor responde en la medida de sus capacidades: es una búsqueda literaria como cualquier otra, sólo que comprometida con la construcción de la nueva sociedad humana. La manera como ese compromiso se refleja en la creación artística depende de los factores nacionales, culturales y políticos; depende tanto del talento como de la censura oficial, así como de las concepciones estéticas o del momento social. Parafraseando a un célebre pensador, diría que el escritor hace la literatura pero no escoge las condiciones en que la hace.
La producción de la literatura y el arte se inserta en el proceso global de transformación de la sociedad que pasa penosamente del capitalismo al socialismo. Por eso no tiene sentido presentar lo que se llama «literatura comprometida» como opción meramente política o con la simple intención de introducir en el ámbito de la literatura preocupaciones extrañas a él. En verdad, la historia de la literatura de los últimos cien años es también la historia de una transformación ideológica profunda, de una crisis a través de las formas literarias: en Rimbaud, en Prosust, en Tolstoi, en Joyce, en Brecht, busca su superación. El escritor que realmente vive la problemática cultural de su época está obligado a enfrentar la cuestión literaria en el nivel en que hoy ella se coloca. Esta es la verdadera posición de vanguardia.
El «Horror a la historia» que caracteriza al vanguardismo de fin del siglo pasado y comienzos de este, es en parte responsable de una concepción que ve a la literatura como fenómeno estético puro, exento de ideología, lo que llevó a los marxistas a tener dificultad en percibir, por ejemplo, lo que había en Proust o en Kafka de crítica a la sociedad burguesa. Pero hoy pocos aún dudan que toda gran literatura envuelva problemas ideológicos, leída implícita o explícitamente en las cuestiones del poder, de la justicia, de la moral, busca revelar, a través de las formas históricas de esos valores, lo que en ellas hay de verdadero o permanente.
El agotamiento, en nuestros días, de las experiencias formalistas e irracionalistas, después de las expresiones más radicales, pone al descubierto las relaciones de la literatura con la vida concreta de los hombres. ¿La que condujo al nihilismo de Beckett? ¿Lo que resultó de las ingenuas tentativas de transferir a las máquinas electrónicas la producción de la poesía? Esas y otras manifestaciones literarias no esconden su motivación ideológica: Beckett supone que la agonía del capitalismo es la agonía de la humanidad. Jorge Luis Borges –magnífica expresión de nuestra cultura latinoamericana dependiente, para quien la literatura sustituye a la vida real– escribe para negar la historia, esto es, para negar las determinaciones objetivas de la praxis humana (¿y sustraerse así de la condición de dependencia?). Todas esas manifestaciones reflejan la gran crisis de la llamada civilización cristiana-occidental. Son la producción literaria (a veces genial) de hombres que no aceptan la realidad del mundo capitalista, pero tampoco ven en el socialismo la solución para los problemas de la humanidad. Es una literatura à bout de soufflé.
Cumple, por lo tanto, acentuar que las relaciones entre ideología y obra literaria no son directas ni simples. Ninguna obra literaria digna de ese nombre puede reducirse a mera expresión ideológica. Ni Proust ni Kafka, ni Beckett ni Borges son apenas la expresión ideológica de las crisis de la cultura burguesa. En verdad, umbilicalmente presos a los valores que ven morir, procuran a fuerza de su imaginación y de su genio, afirmar algo posible en medio del desastre: afirman la obra misma. La crítica ideológica de vanguardia no puede cometer la ingenuidad de negar lo que esa obra significa de apertura a la reelaboración más profunda y más compleja del lenguaje literario. Por eso, que la creación de una nueva literatura, ideológicamente no comprometida con la vieja sociedad, no podrá ignorar la experiencia literaria de la vanguardia.
¿Pero qué se debe entender por «vanguardia ideológica»?
Los últimos acontecimientos parecen no dejar duda de que la burguesía ya no tiene respuesta para los grandes problemas de la comunidad humana. Su respuesta actual –de cara a la crisis que amenaza desintegrar el imperialismo– será de nuevo una guerra mundial. Pero esa guerra ya no le daría los saldos benéficos de las dos anteriores. ¿Qué ha quedado hoy en día de las distintas alternativas que los ideólogos burgueses inventaron para combatir el socialismo? Es así la misma realidad del mundo contemporáneo que afirma el carácter de vanguardia ideológica del marxismo. Es esa ideología que, después de materializarse en la lucha revolucionaria de la clase obrera, está hoy constituida en un sistema de estados y se volvió, junto con las otras fuerzas revolucionarias, el factor determinante del proceso histórico mundial. ¿Pueden los escritores ignorar este hecho? De tal modo que muchos aún lo pretenden, la presencia avasalladora de esa fuerza nueva en la historia determina, de una forma o de otra, su visión del mundo.
De todo lo dicho, debe concluirse que las relaciones entre vanguardia literaria y vanguardia ideológica son complejas y contradictorias: ellas comprenden tanto las obras de escritores que tienen una visión ideológica avanzada, como aquellos que combaten esa visión o intentan ignorarla, ya sea la de un Brecht como la de un Robbe-Grillet, la de un César Vallejo como la de un Ezra Pound (el clásico ejemplo de Balzac ilustra bien la manera insidiosa como la realidad se impone a los escritores). Es por esa misma razón que la simple adición al socialismo no determina el valor literario de una obra. No obstante, sólo la obra literaria que tiene como cimiento profundo la convicción de que el hombre puede construir –y está construyendo– una sociedad justa y fraterna es capaz de superar el carácter enfermo y negativo que marca buena parte de la literatura y del arte del llamado mundo occidental contemporáneo.

Buenos Aires, 27/10/74

Traducción de Mijail Lamas

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1

“«Vanguarda ideológica» e «vanguarda literária»” / Ferreira Gullar. In: Revista Colóquio/Letras. Inquérito, n.º 23, Jan. 1975, p. 15-16.

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