EL GRAN DESASTRE AÉREO DE AYER, un poema de Jorge de Lima (1893-1953)

EL GRAN DESASTRE AÉREO DE AYER
por Jorge de Lima

Para Cândido Portinari

Veo sangre en el aire, veo al piloto que llevaba una flor para su novia, abrazado a la hélice. Y al violinista en que la muerte ha acentuado la palidez, despeñarse con su cabellera negra y su estradivarios. Hay manos y piernas de bailarinas expulsadas en la explosión. Cuerpos irreconocibles identificados por el Gran Reconocedor. Veo sangre en el aire, veo lluvia de sangre cayendo en las nubes bautizadas por la sangre de los poetas mártires. Veo a la bellísima nadadora, en su último salto de bañista, más rápida porque viene sin vida. Veo a tres muchachas cayendo rápido, henchidas, como si bailaran aún. Y veo a la loca abrazada del ramillete de rosas que pensó sería el paracaídas, y a la prima donna con su larga cola de lentejuelas arañando el cielo como un cometa. Y la campana que iba para una capilla del oeste, viene tocando a muerto por los pobre finados. ¡Supongo que la joven dormida en la cabina aún viene durmiendo, tan tranquila y ciega! Oh, amigos, el paralítico viene con extrema rapidez, viene como una estrella candente, viene con las piernas del viento. Llueve sangre sobre las nubes de Dios y hay poetas miopes que creen que es el arrebol.

Traducción de Mijail Lamas

O GRANDE DESASTRE AÉREO DE ONTEM

Para Cândido Portinari

Vejo sangue no ar, vejo o piloto que levava uma flor para a noiva, abraçado com a hélice. E o violinista em que a morte acentuou a palidez, despenhar-se com sua cabeleira negra e seu estradivárius. Há mãos e pernas de dançarinas arremessadas na explosão. Corpos irreconhecíveis identificados pelo Grande Reconhecedor. Vejo sangue no ar, vejo chuva de sangue caindo nas nuvens batizadas pelo sangue dos poetas mártires. Vejo a nadadora belíssima, no seu último salto de banhista, mais rápida porque vem sem vida. Vejo três meninas caindo rápidas, enfunadas, como se dançassem ainda. E vejo a louca abraçada ao ramalhete de rosas que ela pensou ser o paraquedas, e a prima-dona com a longa cauda de lantejoulas riscando o céu como um cometa. E o sino que ia para uma capela do oeste, vir dobrando finados pelos pobres mortos. Presumo que a moça adormecida na cabine ainda vem dormindo, tão tranqüila e cega! Ó amigos, o paralítico vem com extrema rapidez, vem como uma estrela cadente, vem com as pernas do vento. Chove sangue sobre as nuvens de Deus. E há poetas míopes que pensam que é o arrebol.

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