El cantar de los casetes

Como a muchas cosas en mi vida, llegué tarde a descubrir la música de algunas buenas bandas. De The Pixies a The Smiths, mi vida está llena de descubrimientos tardíos.

Durante los noventas el internet era un medio incipiente. Bajar música no fue tan fácil hasta ya bien entrados a los dosmiles, por lo que la música de mi momento histórico siempre llegó con unos años de retraso.
Suplía esa deficiencia leyendo todo los ejemplares de las revistas de rock que caían a mis manos. Creo que me volví un verdadero lector, no por los primeros libros que leí, sino sobre todo por esas revistas. Sabía la vida y obra de un montón de bandas que nunca había escuchado, y que por no tener dinero para comprar los casetes, no escucharía hasta la era del You Tube.  Lo que sí pude hacer fue vaciar acetatos a cintas regrabables.
A principios de los noventas, en Culiacán, mi hermano y mis amigos medrábamos por la cuadra sin tener mucho que hacer, jugábamos futbol, robábamos el Mil Chistes o el Alarma del camión de mi abuelo, veíamos el básquet (fue la gloriosa época de las finales de los Lakers del Magic contra los Bulls de Jordan), y cuando ya no nos quedaba más que hacer, nos íbamos a casa de mi amigo el Omar, alias el Bof,  a poner los discos de su primo el Güero.
El Güero era mayor que nosotros. Flaco, de pelo largo degrafilado a lo Bon Jovi, acné abundante, botas vaqueras, lentes Ray Ban de aviador y pantalones ajustados.
El Güero compraba la revista Circus, algo así como el TV Notas gringa del hair metal.  Además de su prestigiosa colección literaria, el Güero tenía una buena colección de acetatos, todos ellos aparecidos en los ochentas. Estos son los que recuerdo: el Kill ‘Em All de Metallica, Dr. Feelgood de Mötley Crüe, Flesh & Blood de Poison, Skid Row (disco de la banda homónima), 666 de Ángeles del Infierno y el Appetite for destruction de Guns n Roses. La lista no es nada edificante, pero era buen un inicio.
Además no grabábamos todo el disco, sólo las canciones que más nos gustaban. La ventaja de los casetes es que si la cagabas al grabar, podías volver a hacerlo encima, así que había que estar alerta con el botón del REC y de PAUSE.  Incluso grabábamos canciones de la radio. No es que en Culiacán en esos años hubiera una estación donde se tocará Rock todo el día, pero había algunas horas, sobre todo en la noche, en que uno podía tener suerte.
Ese tiempo también marcó el final de una época, donde lo más pesado que escuchaba era la selección de The Beatles que mi padre me había dejado algunos años después de que se fuera de casa. Las guitarras distorsionadas de estas “nuevas” bandas, ponía el toque de rebeldía y escándalo que mis 13 años necesitaban, suficientes para escandalizar a mi madre y a la abuela materna.
Aún ahora, subir el volumen sigue siendo una forma de escapar de los demás y mandar todo al diablo.
En mi playlist sólo sobreviven algunas canciones del Kill ‘Em All y el Appetite for destruction, como reminiscencia de aquellos años de despertar sexual y musical.
Puedo afirmar que el rock fue mi primera experiencia estética de gran intensidad, sólo años después, con el descubrimiento de la poesía, descubrí una experiencia de la misma magnitud.
Finalmente puedo decir que algunas veces el rock es también poesía: un cantar al borde del abismo, un golpear de muros de silencio.

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5 comentarios en “El cantar de los casetes

  1. Corría el año 1992. Yo escuchaba a Alejandro Sánz y otras estupideces comerciales en la radio. Te conocí y contigo un nuevo mundo, me compartiste un casete de Gun´s and Roses. Desde ese entonces mi travesía por la buena música comenzó. Gracias por mostrarme el buen camino.
    Iliana

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