Susana

untitled-3-by-emma-dajska-2012Susana estaba deseando que la señora del bastón resbalara o que el gordo —que llevaba un par bolsas con mandado— cayera muerto por un infarto provocado por el esfuerzo de alcanzar el autobús. Así llevaba media hora, recargada en el muro, esperando su hora de entrada en la cafetería; como no había pagado la mensualidad del celular, se entretenía deseando calamidades a los que pasaban de camino al autobús, en vez de sumergir su rostro en el resplandor de la pantalla diminuta de su teléfono. Pensaba también en lo egoístas y tacaños que eran los que le ponían contraseña al WiFi.

Faltaban quince minutos para que iniciara su turno, ya no le quedaban cigarros, sólo el deseo de ver caer a alguien. Susana cambió al sujeto de su perversidad, en ese momento se centraba en el anhelo de que un niño de 9 años soltara la mano de su madre y cruzara intempestivamente la calle en contra de los autos. Al aburrirse de que nada interesante sucediera, regresó a su realidad, hurgó en su bolsa buscando un cigarro. Nada, no encontró ni monedas, ni siquiera un chicle. Estaba hasta el cuello en deudas y con el miedo de perder el departamento que con mucho esfuerzo había logrado convertir en su hogar.

Además, hacía una semana que no tenía noticias de Javier. Y eso era lo que más le dolía. Desde entonces todo empezó a ir mal, de repente los clientes del café no dejaban buenas propinas, le habían recortado su jornada de trabajo porque la sobrina de la dueña necesitaba trabajar durante el verano. Las manifestaciones por los desaparecidos, que siempre iniciaban por el rumbo, habían empezado a volverse violentas debido a las agresiones de la policía, lo que ahuyentó a los pocos clientes habituales. El colmo era que Javier había huido con la renta del mes y tuvo que pedirle dinero prestado a su madre; eso también le encabronaba.

Un hombre se detuvo frente a ella. Tendría unos cuarenta años, tal vez menos. Le faltaba un diente justo al frente y producía un silbido al hablar, desagradable.

—Lo estoy buscando— dijo el hombre poniéndose enfrente.
—A ti también te robó dinero.
—No— respondió tratando de disimular con un extraño movimiento de labios la falta del diente.
—Hace una semana que no veo a Javier— respondió airada.
—No te dejó ni siquiera una nota— dijo torciendo una sonrisa socarrona.
—No creo que sea asunto tuyo, wey— replicó Susana mezclando en su voz miedo y furia.

El tipo era muy alto. Era extraño porque había en él algo que le recordaba a Javier. No eran la facciones sino una manera de gesticular, la forma en que iba eligiendo las palabras y con ellas el gesto.

—Soy su hermano mayor y mi amá me ha mandado a buscarle.

Ya habían transcurrido los quince minutos y tenía que apresurarse para llegar al café, hoy no podía faltar.

—Salgo a las 11:30, trabajo en ese café de la esquina— dijo Susana señalando con el índice.
— Bueno, pues te veo cuando salgas.
—¿Qué me garantiza que eres su hermano?— murmuró.

El hombre sacó una foto de su cartera, estaban los dos, un poco más jóvenes, en la sala de una de esas casas de provincia, que ella conocía muy bien. La mujer en medio era la madre, estaba segura, la recordaba de una foto que encontró en alguno de los escasos libros roñosos y deshojados que Javier había olvidado en su casa.

—Me llamo Jorge—le dijo sin extenderle la mano.

Susana viró rumbo a la esquina, apresuró el paso dejándolo atrás y se perdió dentro del local de la cafetería.

Horas después, Jorge ya la esperaba justo al lado del local, la noche estaba templada como para caminar sin apuros.
—¿Conoces el del pequeño saltamontes?— Dijo Jorge sin venir a cuento.
—Sí, Javier me lo contó. ¿Es de familia contar chistes malos a los desconocidos?
—Pues resulta que está K​wai Chang Caine ahí parado frente a su maestro, y éste le pregunta al anciano: ¿Por qué tienes los ojos en blanco venerable s​en sei?​Y el maestro le responde: pequeño Saltamontes, calla y sigue mamando.

Jorge soltó una estentórea carcajada que dejaba ver su amolada dentadura en todo su esplendor.

—En serio, es lo primero que se te ocurre contarme.
—Tu no eres una desconocida, eres la mujer de mi hermano.
—Sólo estuvimos un mes juntos, no soy su mujer.
—Te contó que vivimos aquí en la ciudad cuando éramos niños, por el rumbo de Milpa Alta. —
—Nunca me habló de tu familia, sólo le gustaba imaginar la manera en que podría hacer estallar la Cámara de Senadores o la de Diputados. Me parecía una fantasía tonta, nunca lo creí capaz, solo un poco resentido. Luego me hablaba de química, que si el ácido clorhídrico y el aluminio son los padres del cloruro de aluminio y que éste a su vez podría producir un gran orgasmo si se combinaba con agua— y de repente Susana sintió que esas palabras, sus propias palabras, se volvían un balde de agua fría.
—Es probable que lo hubiera conseguido si se lo hubiera propuesto en serio.
—¿Que son ustedes, una familia de locos terroristas?
—Si te cuento todo sobre nosotros tendría que matarte— chiflo mostrando de nuevo el vacío en su dentadura.

Susana, confundida, ya no sabía que pensar.

—No somos hermanos, pero mi amá nos crió como a sus hijos. Ella ahora se está muriendo y quiere ver a Javier, así que me mandó a buscarlo. Hace un mes Javier me mandó un mensaje, me contó de ti, que estaba contento.
—También te dijo que me robaría el dinero de la renta.
—Se me hace extraño que lo haya hecho, debía estar metido en apuros. ¿Entonces no lo has vuelto a ver?
—No, pero si tu lo encuentras antes que yo le dices que… ¡Puta madre, que no mame!— Enrojeció su rostro.
—Esos de hacer explotar el Senado o la Cámara de Diputados siempre lo decía, por lo menos desde que cumplió 16 años, tiempo después de que desapareció mi apá, fue muy duro para él. —¿Por qué no aparece en la foto tu padre?
—No le gustaban las fotos, además creo que lo perseguían. Un día desapareció, según dice mi amá, es muy probable que lo haya matado el gobierno. Antes de eso nos mudamos mucho, íbamos de un lugar a otro sin previo aviso. Mi amá dice que a nuestros verdaderos padres los mataron también, a los míos en Caborca y a los de Javier en Navolato. Yo recuerdo poco de ese tiempo y Javier apenas tenía dos años. Al parecer nuestras familias andaba metidas en un pleitos de tierras. Mi amá y mi apá iban viajando al sur, llegando con amigos, algunos activistas, otros incluso guerrilleros. Al parecer nuestros padres eran su familia.
—Aja, que triste, pero hubiera sido mejor que no le perdonaran la vida a ese cabrón, ya sé que es tu hermano, pero ese wey me dio en la madre.
— Crecimos un poco a salto de mata ¿sabes? Hasta que llegamos a Nayarit después de haber pasado dos años en Chiapas, ahí mi apá consiguió identidades nuevas para nosotros. Yo sigo viviendo en Nayarit con mi amá y mi esposa, Javier se fue hace 5 años buscando, según él, a los que desaparecieron a mi apá. No sé como lo hace si apenas sabe dos o tres cosas que le contó mi amá sobre el asunto. Al parecer ha descubierto algo o a alguien. Aunque en sus últimos mensajes pareciera que llegó a la conclusión de que son todos ellos, los políticos, los culpables. Poco importa, me decía, quien de forma personal dio la orden. Están en todos los partidos de la derecha a la izquierda.
—Lo que debería aparecer es mi dinero de la renta.
—¿Cuanto dinero es?—chifló Jorge.
—Cinco mil pesos.

Sacó de la bolsa del pantalón unos billetes que de inmediato extendió a Susana.

—No es todo pero en algo ayudará.
—El dejó sólo unos libros, nada más, puedes pasar por ellos si quieres— dijo cambiando el tono de su voz.
—No importa, pensé que tal vez seguiría contigo y que podría llevarlo a casa— respondió Jorge.

Llegaron a la parada del camión, no se dieron la mano, un adiós fue todo. Susana subió antes que un hombre de bastón. El trayecto se hizo complicado, había algunas calles cerradas por patrullas. Otra manifestación por los desaparecidos, pensó Susana.

—Parece que pasó algo en el centro— le dijo el chofer a su garbanzo.

Quince minutos después de un trayecto de desviaciones y calles alternas, el hombre del bastón se incorporó de repente empuñando un arma, resultó ser un asaltante que despojó a todos de bolsas y celulares. Por suerte Susana había guardado el dinero que Jorge le dio en la bolsa del pantalón. Le pesó perder el celular que aún no terminaba de pagar, también le dio coraje tener que volver hacer el trámite de la credencial de elector, que se fue en su bolsa.

Al llegar a casa un tanto inquieta por el asalto, prendió la compu, por suerte no habían cortado el internet. Su gato saludó dando un maullido agudo y un salto, pero quedó atorado entre el escritorio y el sillón, lo ayudó a salir moviendo el mueble y descubrió el sobre con el dinero estaba ahí tirado. Se le quedó mirando un rato a los billetes, los contó. Estaba completo.

Volvió a la pantalla de la compu, en twitter era TT el tema de la explosión en la Cámara de Diputados, hoy que el presidente había ido a dar su informe. También en Facebook no se hablaba de otra cosa. El presidente había salido ileso.
Susana se alejó del monitor. Se asomó por la ventana que daba a la calle, parecía estar desolada pero había bullicio, de repente un hombre que salió corriendo de la nada para cruzar la calle fue arrollado por una patrulla de federales.

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2 comentarios en “Susana

  1. ¿Y ahí termina?
    Está bien dejar la trama entreabierta, pero TAN abierta, no me gustó. Si hay segunda parte, favor de poner el link respectivo.
    Realmente, me iba gustando, construccione sencillas, desenvolviéndose bien en un entorno de nuestro México, actual y de violencia latente, creíble y con la expresión de suficientes emociones para conocer a Susana. Quedé con un sentimiento de que nada se cerró, como de adeudo del autor a su público.
    DPD, José

  2. Por cierto, en mi laptop (PC) ls acentos de esta publicación están corridos a la derecha, tanto, que parecene acentuar la siguiente letra.
    : quisá sea buena idea solicitar a alguien más que lea tu versión final, pues algunas fases tienen detalles en su construcción, por ejemplo: “…y descubrió el sobre con el dinero estaba ahí tirado.”
    Saludos, José

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