Se habla español: crónica de un viaje a L.A.

I.El Paso-Los Ángeles: la frontera del otro lado

Tenía que viajar a Los Ángeles para participar como expositor en LéaLA, la feria del libro en español de Los Ángeles. L.A. es uno de los mercados hispanos más grandes del mundo, de ahí que este evento nos haya parecido lo bastante atractivo para llevar los libros de una nueva editorial que empieza a publicar en México de la mano de Círculo de Poesía, hablo de Valparaíso México.

Actualmente yo vivo y estudio en El Paso Tx. así que compré mi boleto en la terminal de los Limousines de México que está por la Oregon Street, muy cerca del puente internacional que lleva a Ciudad Juárez, en el Barrio de Chihuahuita a lado del Segundo Barrio; para mejores señas a una cuadra de la vecindad donde Mariano Azuela terminó de escribir e imprimir Los de abajo.

Esta línea de autobuses de nombre estrafalario es al parecer mexicana, viaja del El Paso a Chihuahua y a algunas ciudades de Nuevo México, Arizona, Nevada y California. Cuando uno llega al local que en realidad es  una bodega larga con un mostrador a lado izquierdo. Ahí una mujer me atiende en perfecto español. En el lugar hay también butacas muy juntas que forman un espacio reducido de sala de espera, un televisor de pantalla plana en el que pasan telenovelas, mexicanas por supuesto, y un espacio vacío hacia el fondo, donde están los baños. Compré el boleto ($60.00) de las 7:15 el cual hace, si no hay mucho tráfico en el freeway 10, doce horas a Los Ángeles. Tomé mi boleto y me fui a alistar mi maleta. Volví al día siguiente y la terminal estaba llena de mujeres mayores y familias, cholos al estilo old school y sexagenarios con sombrero y botas, también había un joven negro que seguro se sentía algo fuera de lugar entre tanto mexicano.

Captura de pantalla 2015-05-27 a las 12.11.45 PM

La terminal me recordaba mucho a las terminales mexicanas de los pueblos pequeños del norte, Caborca, Sonoíta, o San Luis Río Colorado, pero no como son ahora sino como eran cuando yo era niño y viajábamos 24 horas de Culiacán a Tijuana. Hay, pues, algo de intemporal en esta terminal, además de lo raro que era que estuviera pintada de verde, rojo y blanco. Esto sin duda me hacía pensar en la reconquista lenta de los mexicanos en los Estados Unidos. Aquí nadie hablaba ingles, ni un solo gringo a kilómetros a la redonda.

Antes que el nuestro  salió el autobús de Las vegas, que iba a tope de lleno. A las 7pm en punto se anunció el abordaje del autobús que nos llevaría a L.A., pero todos estaban ya formados, fuimos abordando y me percaté que me había tocado en el último asiento, justo en la parte donde quedaba el baño, mi peor pesadilla. El camión era en realidad una ruina andante, y los asientos eran muy pequeños e incomodos, así que no pude dormir y el viaje se volvió algo tortuoso. Por lo menos no pusieron una película de Mario Almada o Valentín Trujillo.

Nuestra primera escala fue en un McDonalds de Deming, Nuevo México, nada más mexicano que un fast food fronterizo. Luego hasta Phoenix, donde se detuvo apenas unos minutos y después en las ciudades californianas de Indio, San Fernando, East L.A. y al final el Down Town.

Pasamos por el legendario puente que conecta el este con el centro de Los Ángeles. Ya ahí pasamos por Skid Row también conocido como The Nickel, donde proliferan los sin casa. Es ahí justo donde se encuentra la terminal de autobuses de los Limousines. Por suerte el hotel quedaba a unas cuantas cuadras, justo en la frontera, donde termina el sector  de las casas de campaña y el panorama de miseria se aminora. La recuperación del centro de L.A. no es tan reciente, según me voy a enterar después, por lo que todavía hay muchas personas sin hogar viviendo ahí, y no parece que sea algo que vaya a acabarse pronto.

Al descender todo está mojado, una lluvia delgada y continua, que parece inofensiva pero que al momento te empapa todo, cubre la ciudad. Ha sido un viaje largo e incomodo, he dormido poco y me siento molido, pero contento de haber llegado y poder mover un poco las piernas.

Camino hasta el antes conocido hotel Cecil de la 640 de Main St.,  que ha cambiado su nombre por Stay on Main. Es edificio alto de los años 20s, cuya historia de suicidios, crímenes se pueden leer aquí. Entre sus huéspedes distinguidos se encuentra Richard Ramirez, también conocido como el Night Stalker, que utilizaba el hotel como su base de operaciones.

El lobby del hotel estaba lleno de jóvenes y uno que otro “adulto contemporáneo”. Dejé mi maleta encargada en la recepción, ya que mi hora de registro era hasta las 3 de la tarde y apenas daban las 8a.m., así que me tomé un expreso en el Artisan House, una tienda gourmet y restaurante que está casi a lado del hotel. Entonces esperé que dieran las 10 y me encaminé al Convention Center.

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II. De libros que no llegan y citas que se cumplen

Habiendo dejado mi equipaje guardado en el hostal, me fui caminando hasta el Convention Center de L.A. que está justo a lado del Staples Center, la deportiva donde juegan los Lakers y los Clippers, donde además se han realizado combates de box, etc.

Yo ya había estado en L.A. cuando era adolescente, pero sólo conocí esa parte que se conoce como los callejones, donde venden ropa y demás mercaderías chinas al mayoreo. Mi madre era fayuquera, así que viajábamos a L.A. de vez en cuando, donde se armaba de una buena maleta de ropa que después vendería en abonos en Culiacán . Las dos veces que la acompañé nunca me aventuré a ir más allá de unas cuatro cuadras de ese distrito comercial, así que el L.A. que estaba descubriendo resultaba para mi completamente nuevo.

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Al llegar al recinto lo encontré lleno de niños de las escuela, además de funcionarios de traje, con cara de expectativa. La entrada al público estaba detenida hasta después de la inauguración, así que decidí ponerme a trabajar un poco en la computadora, pero me llevé la sorpresa que en el recinto el uso de internet por un día tiene un costo de 52 dólares, así que me salí del Convention Center en busca de un Starbucks, el cual encontré a unas cuadras del lugar. Ahí mandé algunos mensajes y me puse al día.

Calculando que la inauguración ya había terminado regresé a la feria para buscar el stand de editoriales independientes, el cual encontré de inmediato, pues la feria no es muy grande. Di con el stand pero los libros no se encontraban expuestos. Busqué a Mónica, una de las encargadas de la logística, que además nos ha ayudó con las gestiones para poder tener los libros en la feria. Me dijo que los libros fueron detenidos en la aduana y que sería hasta mañana que podrían estar en exhibición. Esto estaba muy mal porque la feria duraba sólo tres días y ese preciso día, el primero, es cuando acudirían los académicos y bibliotecarios. Finalmente decido regresar al hostal para registrarme y darme un baño.

Listo, limpio y un poco descansado, salí de regreso a la feria, pero antes revisé las actividades que habría por la tarde, vi que había una mesa de lectura con poetas de L.A. y la Baja Califa, conozco a tres de los cuatro que leerían, así que la tarde pintaba bien. Antes de irme me comí una ramen en un pequeño restaurante japonés que está a unos locales del hostal. La ramen era más como una maruchan con verduras, algo bastante decepcionante. Terminé y me fui camino a la sexta hasta Spring St, ahí tomé el bus 733 que me llevó de regreso al Convention Center.

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De pronto me percato del olor de las calles del centro de Los Ángeles, por lo que si tuviera que definir a que huele el Downtown de L.A., yo diría que huele a meados. A orines de personas y perros, por momentos también a fritanga y por la noche un poco a mota, pero el que prevalece es el olor a orina.

L.A. es uno de los epicentros de la movida hipster, el nivel de “cool” de la banda angelina está por los cielos, lo que me hace sentir bastante viejo y fuera de forma, todos estos plebes que rolan por el Downtown gozan de una extremada estilización. Me gusta imaginarlos con aspiraciones actoriles o artísticas, pero tal vez sólo los idealizo para poder imaginarme su derrota, producto de mi malsana afición a las historias de perdedores.

La lectura de poesía fue a las 6 de la tarde. Sin los libros en los estantes yo tenía poco que hacer, así que media hora antes rondo por tercera vez por los stands de la feria sin encontrar gran cosa que me interese.

Antes de la seis me encuentré con los poetas Jorge Ortega, Bibiana Padilla, Anthony Seidman y la narradora Nylsa Martínez. Anthony me presentó a David Chuk, un gringo muy morro con bigotes a lo Dalí, gorra de redneck y camisa hawaiana. Todos hablamos español y compartimos algunos comentarios, sobre todo del tiempo que teníamos sin vernos. Más tarde Jorge Ortega me presenta a Gaspar Orozco, poeta, diplomático y músico de Chihuahua, del que mi amigo Bernardo Xauregüi, de El Paso, ya me había hablado,  además me había regalado un libro que él mismo había editado.

La lectura avanzó algo rápido, primero lee Bibiana un ejercicio fluxus, una especie de ejercicio combinatorio con poemas de siglo XIX mexicano, luego David lee en español unas traducciones de sus poemas bastantes cortos y termina con un poema escrito en español sobre un gallo de pelea, con algunos aciertos interesantes y un final bastante bueno. Luego le toca el turno a Jorge, cuya poesía es de corte más bien clásico y de mucha plasticidad, su manera de leer es pausada contrasta con la de Chuk, bastante más desparpajada.

Al final le toca a Anthony que lee dos poemas largos traducidos al español, de tono más bien conversacional y más cercano a la poesía beat, con un aire de tema político y referencias urbanas.

Al terminar vamos al Hooters, al que debo confesar nunca había entrado. Fue el único lugar “familiar” que encontramos cerca de la feria, y era necesario que fuera familiar ya que a Gaspar lo acompañaban su esposa e hijos.  Sin que nos distrajeran las figuras bien torneadas de las meseras en su escasa ropa, sello distintivo del Hooters, continuamos nuestra plática. Gaspar me cuenta que el estudió comunicación en UTEP y que de ahí conoció a Anthony y a Bernardo, además me cuenta que fue el artífice de la banda under  Revolución X.

Después de una cerveza cara y una alitas bastante regulares, Jorge, Gaspar y familia se despiden, Bibiana también, así que nos quedamos Anthony y Nylsa. Decidimos ir caminando a La Cita, por Balboa hasta la 4st. Anthony me cuenta que el centro no tiene mucho de haberse recuperado, que todavía hay muchos homeless, pero que ya se puede caminar por la noche sin mucha bronca de ser atracado. Justo en ese momento vemos recargado en una pared a un hombre dándose un arponazo en una posición algo descompuesta. En el Info Cañadas, el barrio donde crecí en Culiacán, yo podía reconocer a los tecatos cuando andaban jaipos, sobre todo por su forma arrastrada de moverse y hablar, además que frente a la carreta de tacos, que un tiempo tuvo mi familia, estaba justo al frente de un baldío donde los homies del barrio se metían a picarse. Pero nunca había visto a un loco darse un arponazo.

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Finalmente llegamos a La Cita,  que por fuera luce como el típico garito onda cabaret mexa de los años 70s, con sus luminarias de focos amarillos de 20 watts y su puerta negra que no permite ver al interior. Pero ya adentro todo era punk, post punk y new wave. De nuevo ese fenómeno hipster de apropiarse de lo kitsch y volverlo trendy.

Lo que me pareció curado es que algunos de los viejos parroquianos aún se pueden ver por ahí con sus cervezas: cuarentones con dickies y camisas polos, con gafetes de oficina, tatuajes de charritas y telarañas, acompañados de doñas de mezclilla y chaquetas deportivas, maquilladas al estilo Amy Winehouse, y como accesorio más llamativo el movil de pantalla casi tan grande como una tablet.

Elegimos una mesa en el patio, donde la música es más punketa, al lado de una pareja que al parecer es de los parroquianos originales. Yo le pregunto a Anthony sobre la movida poética de LA, me dice que si bien hay variedad y existen las acostumbradas tensiones, el ve un mayor movimiento en las artes plásticas y se anima a decir que NY ha dejado de ser la punta de lanza y que todo el movimiento está ahora pasándose a LA.

Resulta interesante conocer esta opinión tomando en cuenta que es LA es la ciudad con más hispanohablantes en EU, lo que la convierte en un caldo de cultivo donde todo tiende a lo híbrido, esto sin duda puede estar apoyando lo que Anthony afirma, además que puede ser motivado también por el ambiente de libertad motivado por las luchas ganadas en materia de libertades individuales de las minorías, que se han estado alcanzando en los últimos años en el estado de California.

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Una hora después le cae Willy, un novelista de Juárez que ahora vive en LA. Viene de una exposición de cartel de la edad de oro del cine porno, está especialmente interesado en una actriz, que fuera famosa durante los 70 y 80, que le ha firmado un ejemplar de su biografía y se ha dejado fotografiar con él; los dos parecen estar muy felices en las fotos que nos muestra. Además nos enseña algunas con Ron Jeremy y otras glorias ya sesentonas de los 70 y 80, padres del movimiento pornográfico, movimiento  que terminaría instalando su imperio en el Valle de San Fernando, aquí mismo en California.

Willy es un experto en el tema del cine para adultos, así que es inevitable que la plática vaya hacia allá. Willy asegura que el arte argumentativo del porno está siendo olvidado en la actualidad, ya que lo que se consume por internet son escenas aisladas, lo cual ha ido en detrimento de las historias que antes se contaban.

Asegura que los directores de cine y video erótico siguen contando historias pero eso solo se puede conseguir mediante un servicio de paga. Las historias por supuesto han cambiado, los argumentos están cada vez más encaminados a fetiches muy específicos, cada vez más bizarros y extremos. El carácter brutal y extremo que cada vez más privilegia la industria del porno se explica muy bien por David Foster Wallace en su ensayo “Gran Hijo Rojo”, que bien vale la pena leer a la luz de los tiempos que corren y se corren.

Anthony le pregunta a Willy que ¿de donde le nació la afición por el porno? ¿qué si en Juárez había un cine que pusiera movies XXX? El narrador le responde que en Juárez no, pero que en El Paso había un bello cine con una fachada morisca en el que pasaban una muy buena selección de cine para adultos. Ese local sigue existiendo en el centro de El Paso, pero ya no es un cine sino una sala de conciertos y un bar de la pequeña escena under, de nombre Tricky Falls, y que está justo a lado del Hello Day Café, el café donde suelo ir a desayunar y leer. Pienso entonces en el aura transgresora que aún persiste en ese espacio y de como siempre las historias me regresan a la frontera.

Luego hablamos de la narrativa mexicana actual, Willy menciona a Sada, yo ha Parra, Villafuerte y Beltrán Félix, después hablamos de la novela del narco y de como Élmer Mendoza es el gran gurú del género. Yo alego que la dos primeras novelas del sinaloense no son necesariamente sobre el narcotráfico y que lo tocan de manera lateral, y quedamos de acuerdo.

Luego le cuento de César López Cuadras, al que no conoce, le platico de su libro La novela inconclusa de Bernardino Casa Blanca, en la que Truman Capote es uno de los personajes principales. Queda atraído y extrañado de la anécdota y del atrevimiento del narrador.

Así se va la noche, yo tomo whisky, ellos cerveza y un olor a mariguana inunda el local y la noche. Nadie nos pasa un toque, así que me quedo antojadizo.

Después de un rato nos despedimos, llueve de nuevo, y yo me voy caminando entre el olor a orines y a calle mojada.

III. La falsa anunciación del anticristo 

Día dos de LéaLA. Al la entrada del Convention Center un grupo de seis personas con pancartas amarillas nos invitaba a leer la Biblia, pero dando gritos desaforados. Me parecía raro que se pusieran justo a la entrada de la Feria del Libro, por un momento pensé que los fanáticos religiosos sospechaban que la presencia en la feria de Bellatín o Xavier Velazco presagiaban la venida del anticristo, o peor aún, estaban alarmados por la aparición en español de un nuevo libro de E. L. James o Dan Brown. Al avanzar algunos metros me encontré con el que podría ser un poeta performático, pero en esteroideos. Al final resultó ser un drag queen, y yo que pensaba que la performance poetry gringa era más radical en cuestión de parafernalia y maquillaje que la que se puede ver en latinoamericana.

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Entonces todo fue revelado, los fanáticos religiosos no protestaban en contra de la aparición de una nueva saga de literatura para adolescente o los presagios de la venida del anticristo, sino porque a la par de LéaLA también se celebraba el RuPauls DragCon, una mezcla entre el Comic-Con, el BeautyCon y Hello Kitty Con, según explican en su página.

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De tal manera que los asistentes de la feria del libro y los asistentes al RuPauls DragCon se mezclaban y por momentos se confundía en un muy concurrido sábado angelino. Dentro del recinto nadie parecía alarmarse por ese desfile colorido de figuras festivas y musculosas, de voz gruesa y excesivamente maquillados. Después de todo LA es la capital mundial del disfraz, de la ficción escénica, ciudad que ha elevado el oficio de vivir otra vida o la vida de otros, incluso inexistentes, en un arte supremo.

La tarde avanzó sin mucha novedad, la gente se acercaba al stand, hacía preguntas y se quedaban platicando, alguno que otro se animó a llevarse un libro y más nada.

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A eso de las 5pm ya moría de hambre, así que me fui al Grand Central Market a buscar algo de comer, como soy un reincidente, entre puestos de tacos de guisado y uno de bagels, encontré uno de comida japonesa que también vendía ramen. Era infinitamente superior a la que había comido el día anterior.

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El GCM es un espacio bastante chic del centro, en el que conviven fruterías y verdulerías tradicionales de mercado con restaurantes étnicos, taquerías y una carnicería especializada. También se mezclan los ya tradicionales puestos de comida mexicana y las cafeterías que venden café expreso orgánico a 4 dólares. Algo como el mercado de San Juan de Pugibet de la Ciudad de México, pero más prefabricado.

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Cae la noche y la calle Brodway está cerrada por un concierto de Steve Aoki, por lo que hay que dar un gran rodeo para llegar a mi hotel. Antes camino por 5 St hasta la esquina con Spring St donde se encuentra la legendaria Last Book Store, una enorme y oscura librería de volúmenes nuevos y de segunda mano, discos de vinil, CDs y películas, además se puede encontrar arte y artículos de diseño.

Al centro de la librería había algunas sillas y hacia el fondo un pequeño escenario con dos sillones pomposos. Habría una presentación editorial y la gente empezaba a abarrotar el local. El en el fondo del escenario se podía ver lo que al parecer era la portada en tamaño grande de un libro: Paper Man de Gallagher Lawson.

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Yo me puse a hurgar entre los estantes y la cantidad de libros era abrumadora. Por fin di con la sección de español, ahí encuentré Hablemos de langostas de David Foster Wallace a la nada despreciable cantidad de 5 dólares y en la sección de poetry books los poemas de Dylan Thomas, por el mismo buen precio.

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Mientras reviso el anaquel de los poetry books, el autor de Paper Man, perfectamente bien vestido y un poco estirado, respira nervioso justo a mi lado, porque está a punto de subir al escenario, me mira como pensando qué demonios hago yo ahí revisando libros viejo en vez de estar esperando su aparición como los demás concurrentes, tomo el libro de Thomas y me dirijo a la caja, escucho el aplauso que recibe Gallagher ya en el escenario, sin duda menos nervioso. Pago y pienso que estoy demasiado cansado para seguir en la calle. Me alejo rumbo a mi hotel, dejo la enorme librería oscura. Me meto a la cama, mañana estaré en San Diego, pienso, tomado una Cerveza con mis hermanos, tal vez también mañana, cene unos buenos tacos de carne asada en una carreta de Tijuana. Voy entrando en el sueño mientras afuera, el centro de Los Ángeles no puede dormir.

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El Moca, al que llegué demasiado temprano.

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Selfie afuera del Moca

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